
Hasta donde recuerdo –y no pidan desde luego detalles- la historia del desvirgamiento de varios deustuanos en el Chon San, hotelucho del Centro de Lima, próximo a Paruro fue contada en su momento.
Fui el Cicerone de esa tropa vírgen que una tarde de octubre o noviembre de 1968 salió del colegio a las 6 de la tarde con destino a la Tienda Hiraoka del jirón Emancipación. O Cuzco como entonces se llamaba. Nos habíamos puesto Papy Ricky y yo de acuerdo en organizar la rifa de un electrodoméstico pro fondos.
Lo que mi memoria si atesora es una frase del hermano Mario Pablo quien alguna vez comentó mi nombramiento como tesorero de la promoción. Dijo algo así como “Tú crees que te han nombrado porque eres honesto; no, te han nombrado porque tu viejo tiene plata.” Recuerdo también que Colorete Delgado soltó una carcajada y coincidió con Rodríguez. Y bueno, por aquel entonces el negocio de transporte pesado de mi padre era próspero y, efectivamente, eso era una garantía para muchos.
Volviendo a nuestra historia diré que al salir nuestra comitiva, integrada por presidente, tesorero y varios de los amigos de Vargas, su corte, nadie imaginaba lo que iría a pasar ese día, día sin duda importante para muchos de ellos. No todos los días se pierde la virginidad.
Luego de adquirir el electrodoméstico, o de separarlo, no me acuerdo, fui obligado a enseñar dónde quedaba el mítico Chon San. Tres años antes, a los 15, yo había sido “bautizado” allí por unos primos hermanos.
El Chon San era un típico hotelucho regentado por chinos, una vieja casona con una escalera de madera ruinosa que conducía desde la calle a un salón. Hoy me imagino que en realidad no era una casona, sino que siempre fue un hotel, en algún tiempo fue decente, pero luego vino el deterioro y terminó convertido en un burdelito miserable, refugio de prostitutas de tercera o cuarta. Para nosotros, estudiantes y menores de edad, era “el burdel”. En ese tiempo estaba agonizando el complejo prostibulario conocido como “Mejico” y se inauguraba el “mall” del sexo conocido como “El Trocadero” y cuyo inversionista mayor, si mal no recuerdo era un tal Novella Trabando.
Pues bien, la entrada a Méjico y a El Trocadero nos estaba vedada y debíamos resignarnos a lenocinios sórdidos como el Chon San y otros, porque en la zona el Chon San no era el único, habían varios de estos hotelitos y todos manejados por orientales.
Como ocurre en el Perú y cualquier país subdesarrollado, siempre hay lugares donde lo prohibido es accesible de alguna manera, y, además quienes están obligados a que se cumpla la Ley, pero que hacen la vista gorda. Había siempre un policía en la cuadra del Chon San. Su misión era cuidar que no se colaran a los hotelitos los escolares. Estos hallaban siempre la forma de colarse. El policía vigilaba toda la cuadra, pero los muchachos vigilaban al policía y no bien esté doblaba la esquina corrían como ratas a zamparse a los burdeles. Al llegar al segundo piso –todos tenían una arquitectura similar- eran rápidamente acogidos por las putas y se perdían en los cuartuchos malolientes. Para salir había que repetir el plato y estar atento a la posición del tombo. No bien este se alejaba de la puerta del hotel, se salía en estampida. Todo funcionaba a la perfección si uno era mosca. Pero a veces la policía realizaba inopinadas batidas al interior de hoteles como el Chon San y allí si te caía la Parca. Al final el patuto te asustaba y simulaba que te iba a llevar a la comisaría, pero lo que los tombos buscaban eran unos solos de los putañeros.
Esa tarde en que yo guiaba a Papy Ricky y su gente a la perdición actuamos de esa guisa y pudimos pronto encontrarnos en un segundo piso y frente a un grupo de mujeres que hoy me parecen horrorosas, pero que entonces simplemente nos parecían hembras disponibles. En las circunstancias en las que nos encontrábamos no podíamos hacer lo que luego vi hacer e hice en El Trocadero, lupanar del que fui asiduo concurrente: ponernos a conversar con las “chicas”. De entrada un chino flaco, casi siempre con un permanente y asqueroso cigarrillo negro en la boca, nos apuraba y nos decía algo así “ecoge lápido o chau”. Igual actitud tenían las mujeres, quienes nos recordaban que en cualquier momento llegaba la tombería.
Así las cosas, Papy Ricky, Rodríguez, Vitín y no me acuerdo quien más se dejaron llevar por las mujeres. Y aquí viene lo anecdótico. Estos pendejos no tenían plata. Empezaron cada uno a rogarme que les prestara, que por favor les prestara, entendiéndose que se trataba de una ocasión extraordinaria, única, que no podían perder. Como un cojudo metí la mano al bolsillo y saqué por cada uno de ellos creo que un billete de cinco soles. Los billetes de cinco soles creo que eran verdes. Me quedé al final, después de pagar por todos y o más gracioso: con la costilla más fea, una zamba culona. Entré con ella como un cuy de tómbola a una caja. Ya dentro del cuarto recibí el mayor insulto de mi vida: “Oye, ustedes son rateros, ¿no?. Y tú eres el jefe”. La muy conchadesumadre no había visto en nosotros unos jovencitos de clase media explorando un lugar como ese, por necesidad, sino vulgares raterillos, escaperos quizá.
Después de estar con esta mujer, salí y ya encontré a todos afuera, con la inocencia perdida, con una cara donde brillaba un sol macho.
Por cierto que ninguno me pagó nada y yo tuve que reponer el dinero. Fue un bautizo masivo a mis costillas. Tenía razón el hermano Mario Pablo en señalar porque había sido nombrado tesorero.
Más tarde, casi al finalizar el 68 pude por primera vez entrar a El Trocadero deslumbrante. Entonces estaba nuevecito y era un sueño. Lindas mujeres que se exhibían en las puertas de extensos corredores en un primer y segundo piso, y en medio del establecimiento, una gran rockola que nunca dejaba de funcionar y que nos llenaba los oídos, y en general los poros, con las canciones movidas de Hugo Blanco y su arpa viajera, o los boleros rancheros del inolvidable Javier Solis. Pero esa ya es otra historia.
Carlos Orellana
* El cuadro que ilustra el texto es de Víctor Humareda, gran pintor y mejor putañero