domingo, 31 de octubre de 2010

OSO PEREZOSO


Aquí vemos al ilustre Rafael Delgado, alias "Oso", alias "Colorete", en compañía del "Tuerto" García. Como ya Mario Rodríguez se ha comunicado con él y le ha dado todas las pistas para llegar a este blog, supongo que verá este texto. Pues bien, mi querido plantígrado,ya no puedes seguir haciéndote el tercio e ignorando que aquí se está construyendo la deustuanidad. Como tú eres un amigo querido y recordado, a pesar de todo, no puedes seguir estando ausente de estas páginas cuyo sentido y objeto es reunir a nuestra promo, saber dónde estamos (en qué lugar de este contaminado planeta) como nos ha ido estos últimos cuarenta años y que miéchica estamos haciendo. Para todo siempre será interesante saber que ha sido de cada uno de nosotros, recordar tiempos idos y reunirnos de vez en cuando (como ya lo hemos hecho pero con muy poco participación)y confraternizar. Creo que siempre será agradable volver a juntarnos quienes vivimos una etapa crucial de la vida, como es la adolescencia. Aquellos que ignoren estas reflexiones y el llamado que hacemos los que damos vida a este blog no pueden tener ningun argumento atendible. Gastar una media hora en visitar el blog y hacer un comentario, relacionarte con tus camaradas de la Secundaria, no afecta a nadie. A menos que uno sea un Bill Gates o un Vargas Llosa. Incluso Gates se da un tiempito para reunirse con su collera cibernética y el flamante Nobel se dice que ha respondido los email de casi un centener de ex condiscípulos de colegios de Cochabamba, Piura y Lima. De modo, pues, que a participar y, además, a atraer a otros para hacer de este blog el punto de encuentro de nuestra promoción y un medio para contribuir a contactarnos con otras promociones. Mario Rodríguez nos cuenta, por ejemplo, que en el Club Chama se ha reunido un centenar de ex deustuanos. Y nosotros ignorando todo ello por escondernos en nuestras caparazones. Esperamos tus notas, mi querido "Colo", a coqcoq@gmail.com

martes, 26 de octubre de 2010

¿QUE PASO?, ¿QUE PISO?


Tìpica inconstancia nacional, incapacidad para la continuidad de los proyectos, dejadez, ociosidad, falta de entusiasno, de cohesión grupal, ¿qué hace que los peruanos no podamos crear instituciones, mantenerlas y robustecerlas? Siempre estamos esperando que las cosas marchen solas o las empuje el vecino. Así ocurre con este blog, animado por unos cuantos que parecen ser la excepción al promedio nacional. Estamos jodidos. La mayoría de los peruanos celebran cuando gana su selección de fútbol, el país entra en una borrachera nacionalista en la que se pierde toda perspectiva y nos creemos algo especial en el mundo. Cuando acaba la borrachera volvemos a ser el mismo país subdesarrollado de siempre, el país de Augusto Ferrando, del vals criollo (con su letra negativista hasta las huevas), con su procesión del Señor de los Milagros. Hoy el país está creciendo al 8.5%, un crecimiento record, pero por obra de las grandes inversiones extranjeras (que dicho sea de paso no dejan la riqueza que debieran), hay 130,000 nuevas obras según Alan García (hay que reconocer que en estos 20 años se ha producido cierta modernidad en materia de infraestructura de todo tipo), pero la mentalidad del peruano no cambia. Seguimos siendo los de siempre, los que odiamos y perseguimos el éxito ajeno, los que nos comprometemos de palabra con algo y luego no cumplimos, los que cerramos la puerta de nuestras casas para evitarnos problemas y no ser solidarios con los problemas ajenos, los que hacemos responsables de cuanto mal existe a la "gente", como si nosotros no fuéramos la "gente". En verdad somos de la peor gente de América Latina. Aparte de crecimiento económico, nos falta crecimiento cultural, educativo, cívico y humano.
Espero que este blog pueda ser leído por aquellos deustuanos que aún no se comprometen con él, a pesar de conocerlo. Espero que nos acompañen en la común tarea de construir un espacio de diálogo fraterno. Ya, pues, Varguitas, tú fuiste el presidente de la Promo y has promovido varios encuentros en el Real Club de San Isidro. No te hagas el tercio y escríbemos algo, déjate ver, aunque sea en foto (calato de espaldas); ya, pues, abuelo Portal, ya pues "Oso" Delgado.

lunes, 18 de octubre de 2010

JEBES, JEBES




Me permito publicar una de mis "Esquirlas"(Pueden acceder a ellas a través de esquirlas2008.blogspot.com) , con el propósito de promover debate y, en general intercambio de ideas y recuerdos. Aparte de la caricatura del condón aparecen las portadas de la primera y segunda ediciones. "Esquirlas" es la recopilación de prosas que publiqué en los 90s en el diario oficial El Peruano en una columna del mismo nombre. El texto que sigue apareció en la segunda edición (corregida y aumentada, y publicada por la Editorial de la Universidad Particular Ricardo Palma:

La cultura sexual, todo aquello relativo al sexo, ha experimentado cambios extraordinarios en los últimos 40 años. Aquí y en la Cochinchina, como solían decir nuestros abuelos. Para mí lo que mejor ilustra esta aparatosa transformación de la vida y costumbres sexuales de las últimas décadas es la salida de las catacumbas del popular condón. Recuerdo con absoluta nitidez que siendo un mozalbete de 18 años, allá por 1968, cuando uno se paseaba por las inmediaciones del Parque Universitario, más exactamente de la intersección de la avenida La Colmena y el jirón Azángaro, individuos con sospechoso aspecto de gente al filo de la legalidad, le abordaba a uno y en voz baja le mostraban sobre la palma de la mano, muy solapadamente, casi con ademanes de agente secreto, una cajita de color encendido , al tiempo que anunciaban, con inconfundible acento de los bajos fondos: ¡jebes, jebes!. Era oportunidad pintada de adquirir ese adminículo que una todavía modesta información escolar nos decía que era capaz de protegernos de las enfermedades venéreas, pero sobre todo de la posibilidad de embarazar a una chica. Pero como en esos tiempos de colegios exclusivos para varones y exclusivos para mujeres, no existían condiciones como las actuales para la interacción fluida entre los géneros, eran raros e infrecuentes las relaciones sexuales pre matrimoniales entre enamorados. Rarísimas. Pero uno compraba los profilácticos, que venían de contrabando y eran vendidos de modo clandestino, casi como adquirir una droga, con ese encanto de lo prohibido. Uno podía alardear con la posesión de una de esas cajitas, mostrarlas a los amigos, que daban por sentado que su uso en un futuro inmediato era obvio. Pero no lo era y la cajita con los 3 consabidos jebes terminaba por ajarse, cuartearse, romperse, arruinarse. En algunos casos uno se los regalaba al primo mayor, que ya frecuentaba prostíbulos, para que el condón cumpliera su destino manifiesto. En otros casos los inflaba para jugar una broma a la vecina: los pegaba en su puerta. O simplemente los lanzaba a la acera.
Lo curioso es que cuando uno empezaba a visitar prostíbulos ya no usaba condones. Se había olvidado de todas las recomendaciones del pacato instructor del colegio, y jugaba un poco a la ruleta rusa con los gonococos que por allí andaban.
En los 70s cuando a uno le urgía comprar un preservativo ingresaba a una botica. Si tenía suerte los dependientes era varones y era fácil comprar. Pero a veces el personal era mixto y una señorita lo encaraba a uno, que había estado haciendo tiempo mirando las musarañas: “Y usted que desea, joven”. Y uno se chupaba y contestaba que estaba esperando a un empleado de sexo masculino para hacerle una consulta. “¿Qué consulta?” “Una consulta privada”. A veces la muchacha sonreía, o simplemente dejaba las cosas como estaban.
Como todos los peruanos de mi generación he usado el condón muchas veces, lo que ha tenido un efecto demográfico considerable. Solo recuerdo que una vez en los 80s –y me disculparán los lectores por lo sórdido de la anécdota- me ocurrió un accidente: al terminar la sesión amatoria el profiláctico había desaparecido como por arte de magia. Con la ocasional pareja que me acompañaba busqué por toda la habitación. Levantamos la ropa de cama, movimos el box spring, en cuclillas revisamos cada loseta del baño, hurgamos hasta en cajones, que nada tendrían que ver en este percance. Es cosa, del Diablo, coincidimos ella y yo, siempre el Cachudo esconde las cosas de forma tal que éstas nos están mirando y no nos damos cuenta. Pero pronto se nos agotó la paciencia y al Diablo con el Diablo. El condón no podía estar en otra parte que en lo más íntimo de la anatomía femenina. Me convertí por unos minutos en un improvisado ginecólogo y al fin hallé el escurridizo preservativo. Lo alcé triunfante frente a la chica, que indignada me espetó: ¡Idiota¡. Gajes del oficio.
Hace poco, en el nuevo siglo fui a comprar un profiláctico al “market” de una estación de gasolina, que allí también los venden y de muchas marcas, colores, sabores y características de lo más graciosas. La joven que atendía me preguntó de que marca y tipo deseaba, casi tenían todas. Me lo dijo como si se tratara de galletas o bombones. Ahora sé que me estoy volviendo viejo: Le dije “déme cualquiera”. Pagué y salí rápido del establecimiento como si una máquina del tiempo me hubiera transportado a los 70s y la sangre se agolpara en la cara de súbito por una situación tan embarazosa como solicitar a una mujer desconocida algo tan íntimo como un jebe.

viernes, 15 de octubre de 2010

VARGAS LLOSA Y NUESTRA ADOLESCENCIA


Creo que nuestra generación creció con la narrativa de Vargas Llosa. Cuando éramos niños (1958) el escritor hispano-peruano ganó el premio Leopoldo Alas con una colección de relatos titulado "Los Jefes", de impecable factura. Me parece que años más tarde circuló el libro en las ediciones de Populibros. Por entonces -inicios de la década de los sesentas- se dio un pequeño y limitado boom literario local, el realismo urbano, que tenía como figuras a Carlos Eduardo Zavaleta, Enrique Congrains Martín, Julio Ramón Ribeyro, Oswaldo Reinoso, Miguel Gutiérrez y Mario Vargas LLosa. Por primera vez el mundo, la subcultura de la urbe peruana ingresaba violentamente a la narrativa peruana. Icono de esta irrupcion fue sin duda una obra maestra, La ciudad y los perros, publicada cuando Vargas Llosa tenía apenas 26 años. A través de esta nueva narrativa los lectores, especialmente adolescentes como nosotros, se vieron retratados en los conflictos y personajes. La ciudad y los perros circuló de mano en mano, todo el mundo quería leerla porque por primera vez se asociaba literatura seria con realidad cruda e inmediata. Por primera vez un libro que podíamos leer (con alguna censura familiar) nos hablaba de nuestra realidad: nuestra pujante sexualidad, los prostíbulos, el lenguaje de la calle, el reconocimiento de lugares existentes y concretos que reafirmaban el caracter realista de esta literatura. Luego vinieron Los cachorros, La casa verde y Conversación en la Catedral, libros que leímos ya al final de la adolescencia y en las puertas de la universidad.
Nuestra adolescencia estuvo marcada por estas historias e imágenes de un Perú en transición. Personajes como "El esclavo", "El Jaguar" (que más tarde veríamos en la pantalla grande) contribuyeron a forjarnos una identidad de jóvenes peruanos criollos y urbanos. Igual cosa ocurrió con el libro "Los inocentes" o "Perú en rock" de Oswaldo Reinoso. De este último libro salió la chapa de nuestro querido Rafael Delgado: "Colorete". Las historias de Vargas Llosa fueron un espejo en el que nos vimos retratados. El valor sociólogico y testimonial, además del literario, es relevante.
Desde mi punto de vista -y para mi gusto- hay, sin embargo, dos Vargas Llosa: el que hace una literatura afilada, absolutamente crítica de la sociedad peruana y sus taras, y otro, el que copado por el exito editorial se aburguesa y hace una literatura de entretenimiento como Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y Travesuras de la niña mala, entre otros ejemplos.
Hay un Vargas Llosa odiado por los militares, los curas reaccionarios, las viejas pitucas y los banqueros y otro, que recibe un honoris causa en el auditorio de la Universidad de Lima a donde van a aplaudirlo los militares, los curas reaccionarios, las viejas pitucas y los banqueros. Yo me quedo con el primer Vargas Llosa que es un maestro de la técnica narrativa a nivel mundial,y que fue un escritor agudo y corrosivo. Mas tarde su prosa, a decir de un amigo crítico literario adquirió la brillantez de la prosa notarial.
Hay algo que admiro en Vargas Llosa, además de su talento como innovador de las técnicas narrativas: su desprecio por el chauvinismo, su desinterés por el patriotismo, su rechazo a cualquier exaltación nacionalista. Preguntado sobre cual era el poeta que más admiraba, Vargas Llosa no mencionó al peruano César Vallejo, sino al chileno Pablo Neruda. Y está bien, la literatura no tiene patria.
Hay algo que dijo uno de estas últimas noches Jaime Bayly en El francotirador: que el triunfo de Vargas Llosa no es un triunfo nacional, sino personal. Es verdad.
Y eso me hace recordar que cuando a Borges le preguntaron si se sentía orgulloso de que haya ganado la selección argentino, el Maestro dijo: "yo no he jugado en esa selección".
Hace 40 años Vargas Llosa era para el Perú Conservador (que hoy lo aplaude) una oveja negra. Hasta quemaron su libro La ciudad y los perros. El Perú de los de arriba no solo no lo tomaba en cuenta, sino que lo detestaba. Vargas Llosa continuó escribiendo "contra viento y marea", a pesar del Perú y los peruanos, de modo que su triunfo es solo de él y no del Perú.
Hoy se enseña en todos los colegios quien fue César Vallejo, pero cuando el más grande poeta peruano vivía nadie le dio un real para comer. Muerto, quisieron repatriar sus restos. No jodan a los escritores, ellos no son de ninguna patria, sino de la humanidad. Perdonen mi franqueza. Un abrazo.
Carlos Orellana

jueves, 14 de octubre de 2010

VARGAS LLOSA, PREMIO NOBEL


La noticia que ha conmocionado el país, y recorrido el mundo, ha sido el Premio Nobel de Literatura 2010 para el escritor hispano peruano Mario Vargas Llosa. Este modesto blog puede publicar una foto realmente inédita en la que aparece un deustuano y el galardonado narrador. Se trata de Manuel "Judío" Pedreschi quien copa de espumoso champagne en mano departe amigablemente con su ídolo literario y político; todo ocurrió en Wellington y cuando Vargas Llosa visitó Nueva Zelanda para dictar una charla. "Judio" , borgeano de pura cepa, parece que conversara con el hispano-peruano del gran argentino, a quien dicho sea de paso, nuestro compañero también conoció durante una estadía en la capital del tango.
Como todos los peruanos se han sentido emocionados por este Nobel, al que comparan con un triunfo de la selección peruana, no me extrañó recibir una misiva electrónica de Carlitos Valqui Guarniz:

Insuperado Vate Don Carlos Orellana:
Lo primero, saludar el premio de la Academia Sueca a nuestro laureado escritor Vargas Llosa, el cuasi triunfo de Susana Villaran y entrar en contacto con su iluminada persona.
Vate, merece un comentario de mi parte las esporadicas intervenciones de su persona en el BLOG que Ud. tan acertadamente creó para beneplacito de los DEUSTUANOS 1968, sin temor a equivocarme parece que las bromas sobre su aficion a los placeres carnales hicieron mella en su persona, lo cual no fue intención de los sucritos en el BLOG, en fin todo en el tiempo se supera, tenga en cuenta que BORGES fue grande en la poesia y las narraciones y nunca fue Nobel en Literatura, paradojas de la vida. Vate somos grandes en vida, despues de esta ya no tiene sentido los logros y recompensas.
carlos valqui


Dejo, entonces, con la publicación de esta carta de mi tocayo, constancia de que celebra el Nobel y también el triunfo de Susana Villarán, por quien dicho sea también de paso, yo voté.
Para no dejar de responder un comentario de Carlitos diré que no me molesta en absoluto que me hagan bromas sobre mi supuesta aficion a los placeres de la carne. Nunca he negado mi manifiesta pipilepsia y me enorgullezco que con 60 febreros cumplidos todavía pueda sin Viagra, y no como otros que conozco y no digo quienes son. Por si acaso no me refiero a mi tocayo.
Un abrazo para todos y un pésame para los que no gustan de Vargas Llosa.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

OPINION DE VICTOR RODRIGUEZ FLORES


Queridos amigos, molesto la atención de Uds.por lo siguiente,me encuentro realmente fastidiado y aburrido por estas campañas municipales que se ha vuelto como comentario principal diario, habiendo cosas y temas de mayor importancia en nuestro desarrollo diario y que por esta razón pasan a segundo plano, sin entrar a detalles políticos por razones obvias y considerando que no
habría forma de ponernos de acuerdo según nuestras posiciones , considero que dado que el Congreso a desechado la propuesta de que las elecciones sean de concurrencia voluntaria, excepto las presidenciales (no me parece) deberían ser todas, propongo o sugiero tomenlo de acuerdo a su punto de vista ,si habría forma de lograr dicha propuesta tal cual se logró con el FONAVI y
no ser coaccionado cada cierto tiempo bajo la amenaza de multas y/o restringir derechos ciudadanos si uno no concurre a votar.Además de los altos costos que generan al país y que no hay forma de recuperarlos así digan lo contrario; otra solución sería el voto electrónico pero parece que no hay el mínimo interés en ello en consecuencia seguiremos siendo coaccionados cada 4 años a concurrir a centros de votación para dar poder a alguien que sabemos que nunca va a cumplir lo ofrecido sino satisfacer sus propias necesidades económicas y/o políticas.
Saludos a todos y si tienen soluciones para esto sería conveniente llevarlas a cabo y no seguir empachados de estos procesos.
VICTOR RODRIGUEZ FLORES

domingo, 22 de agosto de 2010

RECUERDOS DEUSTUANOS (PARTE 2)/ CARLOS ORELLANA


Me envía mi tocayo Carlos Valqui Guarniz un email que me da pie para algunas remembranzas en las que la política era entonces una suerte de fulgor o fogonazo que nos atraía:

"Don Carlos: (MIKE MALONE):
En su comentario de BLOG "Dos email" menciona que la foto que muestra de su persona data del 2006, lo cual no es obice para reconocer que el paso de los años ha sido benevolente con Ud. además mucho tiene que ver el modus vivendi, matizado de comodidad, solvencia, cariño de tus seres queridos y amigos que lo estiman. Asimismo saludo el intercambios de opiniones que tiene con el amigo Manolo, quien merece mi reconocimiento por haber descrito su persona como una persona entregada a los placeres de la carne. Carlos en el colegio tu y Sanchez Tenorio eran asiduos defensores del APRA y me gustaba observarlos defendiendo sus ideas contra Cordova otro gran defensor del partido de Accion Popular, eran buenos sus coloquios. Salud

Parte de estas remembranzasa fueron publicadas en mayo de este año. Aquí va la segunda entrega:

RECUERDOS DEUSTUANOS (PARTE 2)
Imposible olvidarse de los auxiliares. Eran tres. A uno, hombre ya maduro, calvo, tranquilo y medio tontón lo apodaban “Rápido Flash”. El mote se debía a sus repentinos arranques de ira cuando le colmaban la paciencia. “Rápido Flash” solía ser permisivo en extremo, considerado, buena gente, pero esto no hacía otra cosa que promover el abuso de confianza y la desfachatez entre los forajas. Y entonces el “hombre quieto” se transformaba en una bestia; se despojaba de un cinturón de grueso cuero y arremetía contra los muchachos al grito de “Dios es Cristo”. No había quien lo pare y muchas orejas, lomos, piernas inocentes y culpables, terminaban magulladas. Santo remedio.
Del nombre o chapa del otro auxiliar difícilmente he de acordarme, pues era un malandrín que chantajeaba a los alumnos, yo entre ellos. Los muchachos, como en todos los colegios, encontrábamos en el fumar clandestino, una suerte de afirmación de nuestra independencia ficticia. Fumábamos en los baños y es allí donde este sujeto caía para, en una suerte de redada, llevarnos a su oficina, un pequeño cubículo bajo las escaleras del segundo piso. Interrogaba a cada uno y terminaba con la amenaza de “voy a citar a tu padre”. Se había enterado de que mi padre era un próspero transportista y puso especial énfasis en mi persona. El día que me encontró fumando llevaba el dinero justo para la compra del “Baldor” de Algebra. Me dijo que le diera el dinero, que él me conseguiría el texto a un precio más bajo. Jamás lo trajo. Luego se dio maña para seguir sacándome plata, sencillo, con la concha más grande del mundo. Prometía arreglar notas y otras facilidades, que finalmente yo no necesitaba y que el, probablemente, no iba a cumplir. Y entonces volvía a lo de citar a mi padre. Al final lo echaron.
Entre los auxiliares podía contarse a una mujer de unos cuarenta años, zamba clara y de trasero prominente, muy habladora y que oficiaba de “cuidadora” del bus del colegio, en el que yo iba, solo porque M. viajaba allí. Yo vivía en Chacra Ríos y ella en la Unidad Vecinal de Mirones. Se llamaba Rosa e intimó con el malandrín; solían encerrarse sospechosamente en la oficina de éste por espacios prolongados durante los recreos. Más tarde el malandrín fue reemplazado por un amigo del director, un hombre de unos sesenta años, de bigotes canos y esmeradamente recortados, de una bonhomía incuestionable, el legendario “tío Vega”. El tío Vega se ganaba al alumnado con su simpatía y su complicidad a la hora de los exámenes, cuando algunos profesores flojos o con problemas de próstata, le pedían, o que vigile todo el examen o todo un paso, o que lo haga por un rato. No bien el titular del curso se iba, el tío Vega, parado en la puerta anunciaba: “Ya pueden copiar”. Esa solidaridad era tan bien pagada que los muchachos hacían una “chanchita” para comprarle al tío Vega, una camisa el día de su cumpleaños, el 3 de diciembre.
A pesar de sus años, el tío Vega cayó también en las redes de esta Rosa, mujer bastante fresca y que definitivamente debía padecer de furor uterino. Recuerdo que en el cuarto año andaba yo con un muchacho, que luego fue dirigente democristiano, un tal Córdova, y cruzando ambos palabras con ella, se atrevió a hacernos un comentario gratuito: “El tío Vega todavía puede; me ha dicho, el sábado te quiero ver calatita”. El comentario de Córdova fue: “Esta vieja es una puta”.
No he sido en la adolescencia demasiado suspicaz, porque nunca interpreté sino como una broma el que la tal Rosa me contará que en un colectivo -los micros de entonces- un muchacho “atrevido” le había puesto una mano en un muslo. Para graficar el hecho ella tomó mi mano y la puso sobre el mismo muslo. Eso ocurrió una de las pocas veces en que decidí acompañarla a ella y al chofer hasta el último punto de la ruta, en el Callao. Ahora estoy convencido de que al regresar cotidianamente solos, esta Rosa y el chofer paraban en algún lugar de la entonces desierta avenida Venezuela y se entregaban al desenfreno de la carne.
Parece que todo esto puede ilustrar en algo lo que era el Alejandro Deustua entre 1966 Y 1968.
En la breve excursión al anexo femenino del Deustua, hacíamos regularmente dos paradas. Una de ida a un bar que quedaba a una cuadra del plantel y donde, con el mayor desparpajo del mundo nos sentábamos a tomar gaseosas y a escuchar hasta la saciedad, “Satisfactión” de los Rolling Stones.
La memoria me es poco fiel para tratar de recordar a la patota. Recuerdo a Nelson Marengo, un muchacho alto con una peluca a lo Beatle, que su padre autorizaba a usar -para envidia nuestra-, a Amancio Peña (que en su particular y cómica parla provinciana, definía al clítoris como “chiquito pene”), a Víctor “Gordo” Tenorio” (eximio ajedresista), a Rafael “Oso” Delgado, a Manuel “Chato” Pedreschi y a Mario Rodríguez Hurtado. Estos tres últimos eran quienes se disputaban el primer puesto cada año y solo eran de la partida muy de vez en cuando. El “Oso” Delgado terminó medicina, pero se perdió, a pesar de su talento, en la burocracia de los hospitales; Pedreschi, borgiano e ingeniero de sistemas, se fue del Perú e hizo su vida en Nueva Zelanda como funcionario de la IBM. Lo reencontraría en la década de los noventas en Wellington, a raíz de una visita oficial. Mario Rodríguez llegó al final de los setentas a ser Presidente de la Federación de Estudiantes de San Marcos y luego connotado penalista.
Además del bar donde escuchábamos a los Rolling Stones, hacíamos de regreso una parada en la esquina de Arica y Jorge Chávez. Allí había una chicharronería, donde como era lógico vendían también camote frito. Los muchachos podíamos comprar solo rodajas de camote frito, unas maravillosas, crocantes, crujientes rodajas, envueltas en papel despacho y coronadas con un ají de los dioses. En esos momentos la vida tenía sabor a escapada del colegio, piernas gruesas de muchachas, pequeños o medianos senos que se adivinaban tras los polos y camotes fritos como esos de la esquina de Jorge Chávez y Arica. Para qué se necesitaba más.
Pero había más y era el viaje en el bus, con M. subiendo en Recuay, con sus ojos achinaditos, su sonrisa burbujeante, sus trece o catorce años brotando como flores de campo, en medio de algo agreste. Había más y era la música de las estaciones que escuchábamos entonces, 1160, Excelsior y otras que traían las inolvidables canciones de los años felices. Cómo olvidar “Te veré en setiembre”.
Más, eran las famosas “matinales”, una suerte de “combo del espectáculo” que ofrecían varios cines de la Capital, entre ellos algunos cercano a mi barrio y colegio, el “City Hall” , el “Arica” o el “Monumental”. Se trataba de una película -una comedia romántica o una de aventuras- y de yapa una presentación musical con los más conocidas agrupaciones y cantantes de la época: los Shains, los Doltons, los Ventures, Jean Paul el Troglodita, entre otros muchos más. Al igual que muchachadas de otras latitudes, las nuestras exteriorizaban su éxtasis por la música y sus artistas “en vivo” con gritos destemplados, con desplazamientos del cuerpo de un lado a otro.
La mayoría de los estudiantes vivían en una burbuja y así continuaron haciéndolo hasta que emigraron de las aulas. Solo algunos vivíamos fuera de esa burbuja y ya nos habíamos contaminado con la política: evidenciábamos nuestra simpatía por partidos o ideologías, discutíamos ya con los profesores, anticipábamos lo que iba a ser nuestro futuro rol de dirigentes universitarios.
El año 1966 que ingresé al Deustua, cursaba el tercer año de secundaria. Mi padre era aprista y hasta un año antes yo no sentía simpatía alguna por el partido de Haya de la Torre. Pero el 65 mi padre que cotizaba considerablemente en el Partido, prestó un camión para el “Día de la Fraternidad”y me invitó a acompañar a un primo mío que iba a conducirlo. Mis ideas de los quince años eran vagamente de izquierda por influencia de un abuelo antiaprista y un tío materno comunista. Recuerdo que en el recorrido que hizo el camión, que llevaba en la plataforma una torre de cartón alusiva a los yacimientos de la Brea y Pariñas, pasó por la avenida La Colmena, en dirección al tradicional local central del PAP, en la avenida Alfonso Ugarte. Una media cuadra antes de llegar al hotel Crillón, se encontraba el local del partido de Gobierno, Acción Popular. Inevitablemente se produjo un conato de choque entre bases partidarias apristas y acciopopulistas. Desde las ventanas del edificio que albergaba el local del partido gobernante se gritaba “búfalos” y desde la calle “coyotes”. Lo primero aludía, no solo al legendario héroe aprista “Búfalo” Barreto, sino a la conducta supuesta o realmente matonesca, arrasadora, irracional de los “defensistas” del APRA; lo segundo al carácter de llorón, gritón, o lastimero del “coyote”, un animal -por lo demás sin ningún prestigio en la fauna- con el que los seguidores de Víctor Raúl Haya de la Torre identificaban a los de Fernando Belaúnde . De estos insultos se pasó a algunos pugilatos callejeros y a apedreamiento del camión donde me encontraba. Es así que de pronto me vi en un bando y reaccioné gritando contra los “coyotes” y sintiendo que otros, compañeros apristas, gritaban conmigo. Al llegar a Alfonso Ugarte pasamos por la tribuna y allí en medio del estrado la mítica figura del Jefe, el sordo, multitudinario griterío de la masa fanática. Obviamente me contagié de aprismo, por lo demás mi padre era aprista y lo fue mi abuelo, partícipe de la revuelta de Huaraz el 32 con Philips, episodio que fue secuela o replica del alzamiento de Trujillo ese año. Más tarde la represión criminal de Sánchez Cerro obligó a mi abuelo y a mi padre, entonces de 11 años a esconderse por varios años en la selva del Monzón.
De modo que llegué medio apristón al Deustua, un colegio, como decía líneas arriba, administrado por un gremio dominado por el APRA. Terminó de volverme aprista el antagonismo personal que se produjo desde un primer momento con Mario Rodríguez, cuyo padre, sino me equivoco era un magistrado huancaíno de filiación democristiana. Pero Mario ya había derivado, por lecturas y otras influencias, hacia la izquierda radical y era un ardiente defensor de la Revolución Cubana.
El alumnado “politizable” se dividió en simpatizantes del APRA y de Orellana y simpatizantes de la Izquierda y de Rodríguez. Como ambos éramos muchachos que leíamos nuestras polémicas tenían cierto nivel. Me parece incluso que este afán de polemizar frecuentemente nos llevó a cada uno a leer más textos políticos. Pero había algo más que me distanciaba de Mario, a la par que me acercaba: la poesía.
Mientras yo a mis dieciseis años escribía versos a mi musa, Mirtha, y leía a románticos como el peruano Salaverry o el mexicano Díaz Mirón, Rodríguez cantaba a la revolución y a los oprimidos y leía a poetas comunistas militantes. Finalmente, y a pesar de todo, yo me quedé con la poesía y mi antagonista con la política, que al final trocó por el Derecho.
Recuerdo nítidamente que cuando cursábamos el quinto año de media, el 68, se produjo el golpe de Juan Velasco Alvarado. Fue una mañana que se inició temprano, cuando a las seis y media mi padre ingresó súbitamente a mi dormitorio y me dio la noticia: “Han derrocado a Belaunde”. Mi padre y yo éramos entonces intensos animales políticos. En el desayuno, almuerzo y comida hablábamos de política. El aprismo de mi padre era conservador, el mío, revolucionario. Mis padres, los dos, se opusieron a que vaya al colegio, pero no pudieron detenerme.
La ciudad de Lima, como el resto del país, estaba perturbada y conmovida, remecida por un sismo político de gran intensidad. Escaseaban los “colectivos” o “colepatos” -como se llamaba aquellos días a los carros de servicio público-, líneas de ómnibus casi ninguna. Muy pocos se atrevían a exponer su vehículo al destrozo de lunas o a una volcadura e incendio por parte de manifestantes enloquecidos. Pero algún transporte había y así llegué al colegio a eso de las nueve de la mañana.
A pesar de nuestro incipiente interés por la política y nuestra supuesta indignación por un golpe destinado a todas luces a impedir el triunfo aprista en 1969, lo que nos movía a quienes nos encontramos en el Deustua era básicamente la palomillada, esa actitud y conducta despreocupadas de los muchachos que convierte incluso lo más solemne y dramático en simple charada. Caminamos por Varela hasta Arica, cruzamos la Plaza Bolognesi, camino de la Plaza de Armas o Plaza Mayor, vía Carabaya. Entrar al llamado “Damero de Pizarro” suponía sortear los sucesivos piquetes de la policía de asalto. Pero los estudiantes secundarios, que pronto nos juntamos con los “compañeros” de la Villareal que habían tomado “La Colmena” y la intersección entre este boulevard y Wilson, como entonces se llamaba la avenida Garcilaso de la Vega, nos dábamos maña para concentrarnos y apedrear vehículos y luego dispersarnos rápidamente. Eran muy pocos los que caían en las garras de la “represión”. Con estas tácticas llegamos hasta la propia Plaza de Armas. Algunos estaban mojados por obra de los carros rompemanifestaciones, la mayoría con los ojos enrojecidos por los gases lacrimógenos. Recuerdo que en la intersección de Camaná y Huallaga un grupo compacto de estudiantes era frenado por un chofer que llevaba un Chevrolet Impala en medio de la pista. Era un “valiente” que no se dejaba intimidar por los que marchaban. Recuerdo que una estudiante de la Universidad Villareal y activista aprista, Janet Gamarra, que más tarde sería periodista de “Caretas” y luego “sub Directora de “La Crónica” en tiempos del primer gobierno de García, se puso delante del vehículo. El chofer la levantó en peso. La Gamarra casi cae, pero se incorporó con agilidad y luego se dirigió hacia una pared de adobe, en ruinas, de una antigua construcción cercana. Con inusitada fuerza despegó un inmenso adobe y sin más lo dejó caer desde cierta altura sobre el parabrisas del Impala. Al ver hacerse trizas la luna delantera, el chofer emprendió la fuga, seguido de una lluvia de piedras y mentadas de madre.
Este hecho hizo que el grupo engrosara, se volviera más vociferante y se convirtiera en destructiva turba al llegar a la intersección de Camaná y La Colmena. Me cupo “bautizar” las ventanas de una aerolínea que ya ha desaparecido; sentí con malsana emoción como se venían abajo éstas con estrépito. Una lujuria de violencia se apoderó de nosotros y el tráfico quedó interrumpido por varios minutos hasta que llegó de nuevo el famoso Rochabús, que como sabemos debía su nombre al apellido de un director de Gobierno del dictador Odría.
Había circulado, ahora me parece que con el exclusivo propósito de animar a la gente, la versión de que al mediodía se haría presente en la mismísima Plaza San Martín Armando Villanueva del Campo, para arengar a las masas y empezar a resistir el “golpe gorila”. Villanueva nunca llegó, obviamente, y luego de varias horas de ir por aquí y por allá, los estudiantes se dispersaron tristemente. El golpe se había consolidado por el rechazo de un importante sector de la ciudadanía a la corrupción y el desgobierno del régimen belaundista. La cúpula de Alfonso Ugarte se había propuesto, por otro lado, posiblemente, no resistir, suponiendo que el gobierno militar duraría lo que el anterior de Pérez Godoy y Nicolás Lindley: un año. Pero estos militares llegaron para quedarse doce años o más. Se quedaron solamente doce. Los militares tuvieron el tino de no perseguir al APRA, con lo cual la resistencia aprista quedó sin la fundamental motivación de otras épocas.
Dos meses antes del golpe yo me había matriculado en la academia de preparación universitaria “Sigma”, la mas prestigiosa de entonces. Esta quedaba en “La Colmena”, casi al frente del local de Acción Popular. Por aquellos días se producía el abierto enfrentamiento entre las dos alas del partido gobernante, no solo por el asunto de la tristemente célebre “pagina 11” del contrato con la IPC, sino por supuestos acercamientos entre el sector moderado del belaundismo y el APRA. Los moderados, los llamados “carlistas” eran leales a Belaunde y Ulloa, y tenían el control del local partidario. Un buen día, y mientras escuchábamos clases en la “Sigma”, la calle se convirtió en un campo de batalla campal entre “carlistas” y “termocéfalos”, estos últimos seguidores del primer vicepresidente Edgardo Seoane, ya alejado completamente de Fernando Belaunde, pretendían tomar por asalto el local central de AP.
Resultaba un divertido espectáculo ver como las facciones belaundistas se apaleaban entre sí, acusándose mutuamente de traición. No pasaba por mi cabeza, por supuesto, que estos desordenes - un aspecto más del caos político que vivía el Perú en ese momento- irían a precipitar un desenlace como el de la madrugada del 3 de octubre de 1968.
Antes de ese día yo me veía en un mundo universitario pletórico de vida política, de debates y polémicas. Ya algo de eso se había anticipado en las reuniones políticas del Deústua, en las que incluso invitábamos a estudiantes de las universidades. No puedo olvidar a un curioso personaje que participaba de esos primeros escarceos políticos, el famoso bachiller Enciso, un militante aprista que siete años más tarde se haría famoso como agitador y, según algunos, incendiario, durante la asonada contra Velasco del 5 de abril de 1975. El nombre del famoso “bachiller Enciso se oiría bastante, vinculado a los luctuosos sucesos del Febrerazo. Recuerdo también a Enciso como parte de un grupo de muchachos apristas que conocí en 1969 en la Pontificia Universidad Católica y entre los que se encontraban el entonces aprista Angel Delgado (muy ligado en los ochentas a Alfonso Barrantes y más tarde inseparable compañero de ruta de Alberto Borea Odría, otro ex aprista), Raúl Arístides Haya de la Torre, Adolfo Venegas y…Alan García. Pero nos estamos adelantando.
La noche del 3 de octubre de 1968 se inició una etapa de profundas reformas estructurales, pero también de un periodo de aburrimiento muy propio de las dictaduras militares. Durante doce años escucharíamos no solo los sosos discursos de Velasco y Morales Bermúdez, sino solo aquello que éstos y la cúpula militar permitían. Si bien es cierto no desapareció la política de las universidades, ésta estaba profundamente limitada por la represión y una atmósfera de intimidación de parte de las autoridades universitarias, parte de las cuales era oposición al Gobierno por su extracción burguesa, pero aprovechaban la dictadura puertas adentro, para “poner orden” y acallar justas voces de los estudiantes.